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Cosecha negra

Alfonso Vázquez 08/01/2017

Artículo publicado en Estrategia Empresarial. Nº 526. 16-31 diciembre 2016

ALFONSO VÁZQUEZ

En la segunda mitad de la década de los cuarenta del pasado siglo, veinte años después del crack bursátil del 29 que marcó el estallido de la llamada Gran Depresión y en los que se concentran los surgimientos del nazismo y del fascismo, la guerra de España, el holocausto y la Segunda Guerra Mundial, los intelectuales relacionados con la Escuela de Frankfurt se hacían una inquietante pregunta: “¿Cómo ha podido suceder?”.

Finalizando 2016, despertamos demasiado a menudo con el mismo interrogante: ¿Cómo ha podido suceder? ¿Por qué el Brexit? ¿Cómo ha podido ganar Donald Trump las elecciones presidenciales en el país más poderoso del planeta? ¿Cómo se puede votar “no” a la paz en Colombia? Y como las predicciones a priori de los “expertos” fallan clamorosamente, buscamos cándidamente explicaciones a posteriori por parte de los mismos.

Creo que lo que no acabamos de asumir es que nos encontramos ante una crisis civilizatoria, una crisis del Sistema imperante conducido por el llamado neoliberalismo y cuya resolución es muy difícil de ver. Seguimos hablando de “crisis” parciales, como la económica (con su importante corolario de la destrucción del trabajo), la de los refugiados, las guerras… sin entender su globalidad. Además, seguimos haciendo predicciones y análisis como si las estructuras sociales no se hubieran modificado radicalmente en los últimos treinta años.

Y, como ya ocurrió en los años 30 del pasado siglo en Europa (y en España), su víctima predilecta es la democracia, el gobierno del pueblo; pues, ¿cómo se va a dejar gobernar al pueblo en un mundo realmente gobernado por los poderes financieros? Es un estorbo innecesario, como fue muy patente en el caso griego. Así, la “política” se vacía de contenido, no sirve a los intereses y reivindicaciones reales de la ciudadanía. A lo que acompaña otro aspecto: los partidos políticos, en su sentido clásico de representantes de distintas clases sociales, dejan de ser operativos. Porque ya no hay clases, de nuevo en el sentido clásico (o se han desestructurado hasta hacerse irreconocibles), y porque el Poder no reside en el pueblo, ni en el Parlamento, ni en el Gobierno, ni en el Estado, sino en algún no lugar inaccesible al común de los mortales.

Tratar de entender los diferentes resultados electorales en función de las viejas categorías (nivel de estudios, nivel salarial, género, clase social, edad, urbanos o rurales, en activo o jubilados, parados o empleados, etc.) es absurdo. A lo que estamos asistiendo es a los estallidos de rabia e impotencia de sociedades que carecen de espacios en los que hacerse oír, que vienen sufriendo el azote de la Crisis y de las políticas desarrolladas por el neoliberalismo para manejarla, a unas sociedades en las que la izquierda tradicional ha sido eliminada o domesticada y en la que no se perfilan todavía alternativas sólidas.

Los analistas recurren a un término talismán para tratar de explicar el desconcierto rampante: Populismo. No aporta nada, sólo enmascara la realidad. Estamos ante un ascenso incremental de la extrema derecha en su versión más clásica, la de los años treinta del siglo pasado. La que desembocó en el fascismo.

Vamos a ver la cosecha de treinta años de siembra contra los valores que alumbraron la Revolución Francesa y la Independencia Americana: Libertad, igualdad, solidaridad. Y va a ser una cosecha negra. Con Foucault, tendremos de nuevo que pronunciar: Hay que salvar a la sociedad.

¿Mis deseos para 2017? Pues que, como ya ocurrió otra vez en la historia, los hielos del invierno y el fuego de la dignidad y solidaridad humana aborten esta cosecha negra.

¡Feliz año!

 


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