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La organización del futuro o el futuro de las organizaciones

Alfonso Vázquez 20/07/2001

Este artículo escrito por Alfonso Vázquez y publicado por la Diputación de Gipuzkoa en 2001 nos ofrece una percepción de cómo serán las organizaciones de nuestro entorno

Alfonso Vázquez

Todo intento de pronosticar el futuro conlleva en su seno la certeza de su fracaso. Lo máximo a lo que podemos aspirar los seres humanos es a imaginar un futuro deseado y tratar de incorporarlo a nuestro presente, a nuestra percepción y conocimiento de lo que ocurre aquí y ahora. Por ello, dibujar la GIPUZKOA de 2020 no puede tener un carácter prospectivo, sino que tan sólo constituye una manifestación de nuestras realidades actuales transformadas por nuestros deseos de un mundo mejor. Y considero que uno de los campos más determinantes para la creación de nuestro futuro viene dado por la comprensión y enfoque de la esencia de nuestras organizaciones. En efecto, nuestro mundo es un mundo de organizaciones, en las que desarrollamos todas nuestras actividades, en las que vivimos. Nada de extraño tiene, pues, que la forma en que las concibamos y, en consecuencia, la manera en la que actuemos en y sobre ellas, determine en buena medida cómo seremos en nuestra individualidad y en nuestra sociedad y cómo activaremos los bucles complejos de su transformación.

La contradicción emergente

El final de siglo –y de milenio- ha coincidido, como si de una profecía esotérica se tratase, con la explosión del poder y alcance de las tecnologías de la información y la comunicación, expandiéndose en unas sociedades –las llamadas desarrolladas- en las que los niveles de formación de su población han crecido espectacularmente, universalizándose, al menos en teoría. Lógicamente, ello ha provocado una oleada de literatura, declaraciones y posiciones que anuncian la emergencia de una nueva era, calificada, según los gustos, como la era de la información o del conocimiento, o la sociedad postindustrial o postcapitalista. Pero las tecnologías de la información y la comunicación y el nivel de formación existente sólo –aunque no es poco- representan un potencial de transformación en su combinación; el problema radica en los contextos y formas en que este potencial puede devenir realidad, futuro. Por tanto, convendría ser cautos antes de lanzar las campanas al vuelo con el anuncio de la nueva era de la historia.

Inevitablemente, contemplamos el futuro desde la instalación en los conceptos e ideologías que conformaron nuestro pasado y guían –implican comportamientos-nuestras percepciones y acciones presentes. Por ello, y de forma mucho más fuerte en sus inicios, el potencial transformador de nuevos fenómenos y realidades tiende a ser reducido a nuestro ángulo de visión, en un intento, consciente o inconsciente, de encajarlo en el poder -y comodidad- de nuestros conceptos imperantes. Por tanto, es imprescindible que realicemos un breve recorrido por los mismos para, posteriormente, contrastarlos con las cualidades de los fenómenos emergentes. Nuestras organizaciones e instituciones fueron conformándose tal como las conocemos en el desarrollo de la sociedad industrial, con las decisivas aportaciones de Taylor y Weber. Uno de los recuerdos de mi edad escolar es la identificación del nacimiento de la era industrial con la máquina de vapor, como una simbolización del progreso en términos de mecanismo y energía. Y, en efecto, tal vez la imagen que de forma más potente captura la esencia formal de nuestras organizaciones es la máquina, incluyendo la denominación de nuestra etapa histórica como la era maquinal; en cierto modo, el reloj de Newton se aplicaba, por fin, a la sociedad.

Porque nos equivocaríamos si pensásemos que fue sólo la empresa industrial quien se estructuró como un mecanismo en busca de su máxima eficiencia como tal; el conjunto de la sociedad se organizó coherentemente con su motor económico y social, reproduciendo a todos lo niveles la misma concepción: no tenemos más que analizar las instituciones educativas, administrativas o políticas para encontrar con nitidez su rastro (y, como veremos más adelante, su mayor grado de resistencia intrínseca a migrar hacia nuevos enfoques). La ideología maquinal presupone acepciones esenciales sobre otro fenómeno, este curiosamente -¿o no tanto?- apenas tratado en la abundante literatura sobre el taylorismo y sus consecuencias: Hablamos del poder. En efecto, la organización mecánica exige formas específicas de ejercicio del poder. A imagen del Gran Hacedor como constructor y regulador del mecanismo universal, se presupone que todo mecano implica un ente diseñador, ordenador del mismo. En la medida en que las partes del mecanismo sencillamente contribuyen, a través de sus correctos ensamblajes, a producir el conjunto, alguien tiene que ordenar y dirigir el mismo desde una visión global, general, de su funcionamiento deseado. Este alguien posee, por la propia esencia de su posición, un conocimiento netamente superior al de cualquier componente del sistema –supuesto que se necesitase alguno por estos- ya que él, y sólo él, visualiza el conjunto, el todo, y sus finalidades y caminos de evolución. Por tanto, como Federico el Grande entendió para sus ejércitos, la máxima eficiencia del sistema se deriva de la concentración de quienes ordenan y de la disposición de los ordenados a obedecer y ejecutar con precisión el mandato. Esta concepción, implícita en el enfoque maquinal de nuestras organizaciones (sean estas empresariales, educativas, políticas o sociales), genera un específico simbolismo del poder, que contribuye a reforzar su propio ciclo reproductor: Quienes dirigen, saben, ven desde el todo y, por tanto, sus decisiones contienen razones que yo, eslabón de la gran cadena, no puedo alcanzar a comprender, porque no sé, porque no puedo ver desde mi posición. El potencial de las tecnologías de la información y la comunicación, unido al acceso masivo a la formación de la población en los países llamados desarrollados, crea condiciones bien diferentes a las de los dos últimos siglos: Sencillamente, cualquier persona, cualquier colectivo, cualquier comunidad, puede acceder a enormes cantidades de información, puede establecer comunicaciones rápidas y fluidas a lo largo y ancho del mundo, y puede tener conocimiento –o importarlo desde donde este se encuentre-para aplicarlo a lo informado y comunicado, para interpretar y decidir. Ni que decir tiene que esta realidad emergente no puede quedar contenida en la realidad establecida y en sus asunciones básicas, pero dista de ser claro como esta brutal contradicción va a evolucionar y resolverse dialécticamente. La sociedad red no tiene nada que ver con la sociedad máquina. Creo firmemente que en las próximas décadas asistiremos, espero que como actores más que como espectadores, a la solución del enigma; pero de cómo esta se produzca va a depender en gran medida la calidad de nuestras vidas y, en consecuencia, de nuestras organizaciones. A apuntar vías de tratamiento del tema dedicamos las próximas páginas.

Interpretando al tótem

La organización maquinal contiene, por su propia esencia, una asunción rara vez explicitada, pero de enorme importancia conceptual: El conjunto engulle a sus partes y, por tanto, es muy superior a ellas (las partes son sólo mecanismos para que funcione el conjunto). Por ello, queda establecido que un fin superior nos conduce en nuestro camino. Esto se traduce en expresiones como “el bien de la empresa es superior al bien individual”, “lo que es bueno para la organización es bueno para todos”, y otras similares. Es decir, la organización, sea una empresa, un partido político, una iglesia, una nación... se presenta y conceptualiza como superior a sus componentes, de manera que la mejor aportación que estos pueden hacer es contribuir ordenadamente a sus designios declarados. Pero, ¿quién declara? Es muy habitual oír decir “la empresa ha dicho”, “el gobierno dice”, “el partido declara”... El problema consiste en que ni la empresa, ni el gobierno, ni el partido, ni nada ni nadie que no tenga cerebro, corazón y boca para hablar o manos para escribir, puede decir nada. Todo lo dicho es dicho por alguien, en expresión de Maturana y Varela. Sin embargo, la imagen, con su simbología asociada, que nos llega consiste en que un ser superior –el tótem-ha hablado para transmitirnos el mensaje revelador. Nuestras organizaciones, a cualquier nivel, son creaciones nuestras y vivimos en ellas; no existen –no son más que abstracciones conceptuales, formales o jurídicas- fuera de nosotros, de nuestra actividad en ellas y entre ellas. Ni hablan, ni piensan, ni sienten; los que hablamos, pensamos y sentimos somos los seres humanos que compartimos tiempo de nuestra existencia en su contexto –en el contexto que día a día, minuto a minuto, contribuimos, por acción u omisión, a crear y recrear. No creo que nunca un tótem haya hablado; sí lo hacían sacerdotes y caudillos, amparándose en la figura sobrenatural –voz- del tótem. Nosotros, civilizados, vemos con divertida permisividad y alejamiento aquellos ingenuos tiempos y seres que gozaban –y eran víctimas- de tanta ingenuidad. Pero tal vez no nos resulte divertido comprobar que nuestro comportamiento en los albores del tercer milenio no es tan diferente. Seguimos, ignorando el trasfondo de nuestras conductas, asignando a nuestras organizaciones –y tanto más acentuadamente cuanto más lejanas están sus cúpulas, cuantos más escalones existen en el duro, cuando no imposible, acceso hacia ellas- el papel del tótem. Por decirlo claramente, las organizaciones no hablan, hablan quienes han adquirido, de una forma u otra, el poder para hacerlo. Y son personas que se mueven en sus círculos de influencia, con sus características específicas, con sus intereses y deseos. Conviene no olvidar que el concepto mágico de nuestras organizaciones y de sus líderes como intérpretes del tótem ha generado –y sigue generando- oleadas de barbarie, destrucción, intransigencia y muerte.

Por tanto, formulo una primera proposición: Sin entender y cuestionar la esencia de nuestras organizaciones, y las ideologías que las sustentan y reproducen, de forma que podamos transformar unas y otras con profundidad, el siglo XXI constituirá un engendro de los siglos XIX y XX, del auge y agotamiento de la civilización industrial. 

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