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Sobre Estrategias de la imaginación (Silvia Jove)

22/12/2008
Autora:
SILVIA JOVE GRAN
Editado en:
Nexe, 23, 2009
En catalán:
"Estrategias de la imaginación" (o si m’ho permet l’autor, "Un tranvía llamado deseo")
Portada del libro Estrategias de la imaginación

Portada del libro Estrategias de la imaginación

Portada de la Revista Nexe 23

Versión publicada en Nexe (catalán)

"Estrategias de la imaginación" (o si me lo permite el autor, "Un tranvía llamado deseo")

 SILVIA JOVE GRAN  Diciembre 2008

Apasionante. Especialmente para una generación a quien se nos hace difícil proyectar una realidad diferente de la establecida, la generación de los que hemos nacido y crecido en la democracia y para la cual la palabra libertad no va asociada a lucha, sino a cotidianidad. Por lo tanto, un concepto sesgado, que vivimos en tercera persona porque no la hemos experimentado nunca.

Por eso, la libertad con que Alfonso Vázquez plantea las bases de una nueva realidad social es todo un regalo. Y hago uso de la palabra libertad entendida como la capacidad de hacer planteamientos que no toman como punto de partida la realidad actual, sino que se libra y se permite repensar desde el origen. Como bien dice en un momento del libro: no tenemos que pensar en la finalidad (el cambio), sino en aquello que lo motiva.

¿Y qué lo motiva? El deseo. El nuevo libro de Alfonso Vázquez es un llamamiento a la innovación a través del deseo.

Estrategias de la imaginación se merece una lectura con los cinco sentidos, ya que todas y cada una de las frases está cargada de contenido y supone un paso adelante.

A riesgo de caerse en una simplificación demasiado ordinaria, intentaré plasmar aquellos puntos que, bajo mi opinión, se convierten en fundamentales en el discurso de Alfonso Vázquez.

En las páginas de Estrategias de la imaginación, se pone de manifiesto la incapacidad de nuestras organizaciones, en todos los ámbitos (empresa, educación, política ...) de renovarse y evolucionar, ya que la propia idea de innovación, tal como está planteada hoy día, nos determina, por definición, un resultado no innovador. Todos los esfuerzos por crear una metodología por innovar, para cuantificar la innovación, para premiar la innovación, no hacen más que reducirla a medidas numéricas que la mutilan. Como decía anteriormente, para innovar no tenemos que pensar en innovación (finalidad), sino en la voluntad, el deseo y la ilusión de hacer cosas que se distancien de las habituales y eso sólo puede tener como protagonista el individuo. Por lo tanto, no innovan las organizaciones, innova la persona.

Pero hoy día, la persona parece estar condicionada a un bien común superior (un tótem) que se materializa en el rol de las organizaciones. Las organizaciones determinan el comportamiento de las personas que forman parte y tienden a objetivar las conductas en pro del beneficio común. En la medida en que se establece un estándar conductual, se limita el potencial de la persona. El problema, por lo tanto, está servido, ya que, como apunta al autor, el conocimiento sólo existe en la persona, y por lo tanto es ésta la protagonista del devenir de la sociedad.

Sólo priorizando a la persona por encima de cualquier tipo de organización podremos cambiar este paradigma y dar paso a las organizaciones del siglo XXI. Organizaciones que se empiezan a intuir bajo una forma diferente, conceptualizadas como redes de personas que trabajan en cooperación.

El origen de la contradicción que vivimos actualmente se origina en una mentalidad heredada de la época de la revolución industrial donde la persona era tan sólo un recurso (mano de obra) y, por lo tanto, su aportación a la organización quedaba enmarcada y reducida a las horas trabajadas. Una vez fuera de la fábrica, la relación laboral desaparecía.

Hoy hemos virado hacia el trabajo del conocimiento, un trabajo de fuerte componente cognitivo. Por lo tanto, ya no estamos alquilando mano de obra, sino que toda nuestra persona está en generación y gestión continuas, tanto dentro de como fuera de la organización, tanto dentro del horario laboral como fuera de éste. Por lo tanto, la cuantificación del trabajo como medida para fijar el salario a partir de un horario pierde del todo el sentido.

El conocimiento, reflexiona al autor, es una combinación indisoluble entre pensamiento, emoción y acción. Por lo tanto, el trabajo basado en el conocimiento va más allá de la idea de desarrollar un "trabajo", se trata del mismo desarrollo como seres humanos. Si no somos capaces de aprovechar la potencialidad de la persona por encima de cualquier tipo de organización, no podremos innovar.

Todo este discurso, lejos de quedarse en un terreno teórico, toma forma a través de las páginas del libro. Nos sugiere, nos da ideas, pistas de cómo transformar la organización.

Vale decir que Alfonso Vázquez trabaja como consultor llevando a cabo procesos de reflexión estratégica en todo tipo de organizaciones. Por lo tanto, los planteamientos que aquí formula no son un apunte conceptual sino un soplido de aire fresco de cara a afrontar la transformación práctica y real de nuestras organizaciones.