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Contra el buenismo

Alfonso Vázquez 24/03/2017

Artículo publicado en Knowsquare, 22-03-2017

ALFONSO VÁZQUEZ

En su famoso “Postscriptum sobre las sociedades de control” (1990), Gilles Deleuze deja esta frase premonitoria: "Se nos enseña que las corporaciones están dotadas de un alma, lo cual constituye una de las noticias más aterradoras para el mundo." Desde entonces, esta alma ha ido mutando en un espectro que recorre, entre los alborozados vítores de sus prosélitos, nuestras organizaciones y nuestras vidas. Una novela recién publicada, “La gran ola”1, muestra de manera tan amarga como hilarante los efectos de esta corriente espectral, que va incluyendo multitud de pretendidas modas –por cierto, muy asociadas al management– tales como el mindfulness, el coaching, la Inteligencia Emocional, y otras que, por comodidad, agruparé bajo el término “buenismo”.

¿Por qué este término? Como para muestra vale un botón, reproduzco el texto de una amable invitación que recibía hace unas semanas para participar en un taller en Madrid sobre "El nuevo modelo de organización saludable". Copio su objetivo:
"(…)Este Taller por tanto dará una nueva visión sobre la Felicidad, siendo este un producto biológico de nuestro cerebro con el que conseguimos un estilo de vida diferencial. Ayudará a establecer un programa de acciones diarias con las que reprogramar nuestro cerebro para alcanzar la Felicidad y se discutirán las estrategias cerebrales que nos ayudan a trabajar mejor para disfrutar más."

Y algunos créditos de la ponente:

"...Consultora de Felicidad Personal y Organizacional, se define a sí misma como Happytóloga convencida y estudiosa apasionada de la Neurofelicidad, disciplina que estudia y promueve los vínculos entre el Cerebro, la Felicidad, la Salud y el Bienestar psicofísico y psicosocial de las personas.
Actualmente es la Jefe de Bienestar Emocional de MSM… coordina un Grupo de nueva creación para el estudio e implantación de la Felicidad en el Trabajo en la AEEMT, y ha desarrollado el Modelo de Neurofelicidad Individual y para las Organizaciones."

Por supuesto, cada cual puede perseguir su bienestar (o malestar) como mejor le parezca. El problema aparece cuando el puede es instado a mutar al debe; cuando en la espiritualidad de la práctica religiosa aparecen la culpa y sus correlatos, la confesión y la Inquisición. Cuando estas técnicas de buenismo constituyen, en manos de sus supuestos “expertos”, campos y flujos de dominio para el Sistema.

Hace veinticinco años, Deleuze ya había señalado el paso de las sociedades disciplinarias descritas por Foucault a las sociedades de control. En su Postscriptum2 intuye que otra forma de dominio se está gestando, lo que le lleva a concluir:

No deja de ser extraño que muchos jóvenes se jacten de sentirse "motivados": solicitan una y otra vez cursos y capacitación permanente. Les toca a ellos descubrir qué es aquello a lo que se les obliga servir, de la misma manera en que sus mayores descubrieron –no sin dificultad– la finalidad de las disciplinas. Los anillos de las serpientes son aún más complejos que los túneles de una topera.”

 

La industria de la felicidad

Se acaba de publicar en castellano el libro de William Davies “La industria de la felicidad”.3 Davies realiza un muy interesante y documentado recorrido sobre la construcción de esta industria entre finales del siglo XIX y nuestros días, atravesando las diferentes épocas históricas y culturales y, como reza la contraportada, “dibuja un implacable retrato del capitalismo contemporáneo y delinea otra idea de felicidad, acaso menos rentable, pero más esperanzadora.” En la década de los 90 del pasado siglo, y como respuesta no tradicional a la crisis que entonces azotaba nuestra industria, se produjo en Euskadi un movimiento en torno a los conceptos y praxis de gestión y trabajo entonces dominantes que se dio en denominar el modelo vasco de transformación empresarial4. Se trató de operar sobre tres ejes sociopolíticos en la estructura empresarial: La Propiedad, el Poder y la Organización con un enfoque profundamente transformador y que dio lugar a experiencias tan conocidas como Maier o Irizar, entre otras.

Pero ni que decir tiene que el intento no era fácil: No sólo consistía en desafiar la arraigada “sabiduría convencional” del Management, sino que se enfrentaba a las lógicas resistencias de quienes estaban asentados en la misma. Y, mientras tanto, iban ganando terreno los libros de autoayuda y las corrientes psicologistas (Goleman, por ejemplo) como elixires que todo lo curan. Y vuelta al reproche que tantas veces me han hecho: “Cambiar el contexto de las organizaciones es duro y difícil, lo mejor es cambiar la mentalidad de las personas y así cambiarán las organizaciones…”.

Davies escribe: "El problema es que, en la larga historia del análisis científico de la relación entre los sentimientos subjetivos y las circunstancias externas, siempre existe la tendencia a considerar que es más fácil cambiar los primeros que las segundas. Como muchos psicólogos positivos hoy aconsejan con entusiasmo a sus pacientes, si no puedes cambiar las causas de tu malestar, entonces haz lo posible por modificar el modo en que reaccionas y te sientes. Es otra forma de neutralizar la crítica política. [...] Si es necesario encontrar soluciones sociales y políticas a los problemas que causan la tristeza, el primer paso ha de ser el de dejar de pensar en tales problemas en términos puramente psicológicos."5

En la tradición judeocristiana (y en otras religiones monoteístas) se insta a los fieles a obedecer los designios de Dios con santa aceptación (es la “voluntad divina”) prometiendo como recompensa la felicidad en la Vida Eterna; como ejemplo, la versión difundida por la Iglesia Católica del Libro de Job. En esta “nueva” religión se realiza una curiosa inversión: la felicidad está en el “interior” de todos y cada uno, siempre que sepamos buscarla (y ganarla) aceptando alegremente lo que ocurre (o ignorándolo) y sumergiéndonos en nuestro “yo profundo”. Lo que permanece, con unas u otras formas, es la dependencia de la figura sacerdotal: los amigos de Job, el confesor, el psicoanalista, el coach… ¡todos dispuestos a conducir a la felicidad al atribulado paciente, en los varios sentidos de la palabra!

A diferencia de tiempos pasados, en los que el sacerdote actuaba sobre el espíritu, sobre el alma del feligrés, ahora, en nuestras sociedades del Conocimiento, se trata de actuar sobre el cerebro del individuo para “programarlo” en Felicidad con sus correspondientes “indicadores”. Así, en el taller mencionado al principio, se trata de establecer un programa de acciones diarias con las que reprogramar nuestro cerebro para alcanzar la Felicidad y [] las estrategias cerebrales que nos ayudan a trabajar mejor para disfrutar más."

De nuevo Davies en la obra citada: "La cuestión más fundamental es el significado que para la sociedad, para la política y para la vida personal tiene el hecho de operar ajustándose a unas normas precisas de explicación psicológica y neurológica. Una posibilidad inquietante es la de que precisamente sea la concepción conductista y médica de la mente –como una especie de instrumento u órgano corporal interno que sufre en silencio– la que nos sume en las formas de pasividad asociadas con la depresión. Una sociedad diseñada para medir y gestionar las fluctuaciones en el placer y el dolor [...] quizá puede generar más casos de "colapso mental" que una sociedad diseñada para facilitar que la persona hable y participe."

 

El dominio del sujeto

Que la industria de la felicidad es un negocio suculento para sus ilustres oficiantes parece fuera de duda; pero, como recomienda Deleuze, conviene desvelar a qué y a quiénes sirve.

El “producto” que publicita es suficientemente explícito: felicidad, bienestar emocional, placidez… con la vida y en el trabajo; y, en este sentido, constituye un negocio orientado a la valorización de ciertos saberes y pseudo-saberes para quienes los poseen (o hacen creer que los poseen) en su venta masificada en un mercado de individuos (aquellos que pueden permitírselo, económicamente hablando) y organizaciones de todo tipo. [No deja, por ejemplo, de ser significativo que, entre 2007 y 2011, la Diputación Foral de Gipuzkoa adoptase como línea medular de su departamento de Innovación la Inteligencia Emocional.]

Pero la moneda tiene otra cara, ésta velada: A través de técnicas y herramientas aparentemente dirigidas al individuo para promover, no sólo su felicidad, sino su competitividad (emprendimiento, marca personal, hágase a sí mismo…) socializa formas de comportamiento en la ideología dominante. En efecto, la “felicidad” que se nos oferta pretende convertirnos en individuos más capaces para poner la vida a producir valor (de cambio), ahora no sólo a través de la plusvalía generada en el trabajo alienado, sino con un plus: el plus de goce que ya en el siglo pasado Lacan asimiló (como analogía) a la plusvalía de Marx. Es decir, se trata de ir más allá del trabajo como mercancía para convertir el cuerpo en mercancía, en la moneda viva, que llamaba Klossowski6.

Esta exaltación del individuo feliz en la construcción de su autoexplotación exige la deificación del narcisismo como modelo del sujeto actual. Sólo que esta vez la imagen que Narciso persigue y adora no se refleja en la laguna en la que va a perecer, sino en la imagen especular de la Sociedad que le va a engullir.

En expresión de Franco Berardi, “Parece como si en la relación humana, en la vida cotidiana, en la comunicación afectiva se hallara cada vez menos placer, y menos confianza. Una consecuencia de esta pérdida de erotización de la vida cotidiana es la inversión de deseo en el trabajo, entendido como único lugar de validación narcisista para una individualidad acostumbrada a concebir al otro según las reglas de la competición, esto es, como un peligro, un empobrecimiento, una limitación, más que como experiencia, placer, enriquecimiento.”7

Todo sistema de dominio, para sostenerse, necesita construir justificaciones que lo legitimen ideológicamente: Precarizado el trabajo, destruidos los vínculos sociales, evaporadas las comunidades, el capital prosigue su serpenteo armando una panoplia de artefactos aparentemente destinados a la glorificación y liberación del Yo, operación que consiste en socializar al sujeto desocializando al individuo en un sistema de dominio, pulverizando el sistema social,8 eliminando, en suma, potenciales focos de resistencia en su trayectoria, con yoes autosugestionados por su poder para comprar su propia felicidad. Tras la aparente idealización del Yo se esconde, pues, el intento de moldear las subjetividades en una absoluta uniformidad, constituyendo la superficie especular en la que Narciso obtiene su imagen.

 

Lo psi, ¿moda o aparato de captura?

Que la psicología, en sus diferentes formas y escuelas, ha estado presente en el mundo industrial desde sus inicios como sistema para mejorar la productividad del trabajador no es nada nuevo; pero su desarrollo fundamental se produce en entornos más o menos privados: la familia, el manicomio, la cárcel, la escuela… Hoy, en cambio, asistimos a su irrupción masiva en los espacios sociales y, muy en particular, en los espacios propios del Management, colmándolo de artefactos que sustituyen antiguas técnicas y teorías de funcionamiento del ejercicio de la actividad empresarial.

¿Moda? Sí y no. Lógicamente, al ser un producto mercantil, hay que dotarle de una imagen moderna, o incluso futurista, con un embalaje atractivo para el consumidor. Así, rituales, prácticas y técnicas ancestrales pasan a recibir nombres (preferentemente en inglés) de lo más curiosos: A la meditación, se le llama mindfulness, a la antigua visita al oráculo de Delfos o al ermitaño, coaching, a la danza de la lluvia o de la fertilidad, biodanza, y así un largo etcétera. Es en esta vertiente donde constituye una “moda”.

Pero a su vez constituye un aparato de captura, de dominio de las subjetividades para poner la vida a trabajar al servicio de su valorización para el sistema, eso sí, siendo felices por hacerlo. En palabras de Jan de Vos:

El saber de la psicología (popular), por así decirlo, es el escapismo en su más clara expresión. La autoayuda le invitaría así a uno a participar, sobre todo, en pseudo-actividades: rellenar encuestas, completar listados de verificación, ejecutar tareas o ejercicios prácticos… todo eso con el fin de permanecer pasivo en el campo social, político y, por lo tanto, también en el campo subjetivo. […] Dicho de otro modo, la autoayuda y la psicología popular movilizan al sujeto, y al mismo tiempo consuman una expulsión de éste en su dimensión socio-política.”9

Regresamos: allí donde los designios divinos habían tenido a bien situar al ser, sobre todo al siervo, éste debía aceptarlo y resignarse cristianamente a su suerte sin pretender cambiarla; esto le hacía merecedor de una vida plena en la Eternidad; aquí, en plena orgía del marketing de la felicidad, el individuo adapta el Yo al mundo que se le propone, y, si no es capaz de progresar en él, deberá arrostrar la culpa de su fracaso como antaño se arrostraba la culpa del pecado por haber desafiado aquellos designios…

 

1 Daniel Ruiz García “La gran ola” TUSQUETS (2016)

2 Gilles Deleuze “Post-scriptum sobre las sociedades de control” en Gilles Deleuze “Conversaciones 1972-1990” PRE-TEXTOS (1995)

3 W. Davies “La industria de la felicidad” MALPASO (2016).

4 Para la teoría y praxis de este modelo pueden verse A. Vázquez “El modelo vasco de transformación empresarial” HOBEST (1998) y A. Vázquez “La imaginación estratégica” GRANICA (2000, 2008).

5 Davies, op. cit.

6 P. Klossowski “La moneda viva” PRE-TEXTOS (2012)

7 F. Berardi “Almas al trabajo” ENCLAVE (2016)

8 G. Lipovetsky “La era del vacío” ANAGRAMA (2003)

9 Jan de Vos “De la autoayuda psicológica, la psicología popular y la gimnasia cerebral al ‘impulso’: ¿el fin del sujeto psicologizado y neurologizado?” en R. Rodríguez (ed.) “Contra-psicología” DADO (2016)

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