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Política de la riqueza, riqueza de la política

ISSN 2174-4882 - hobest.edita 2 - octubre 2011

ALFONSO VÁZQUEZ

Introducción

Estamos en noviembre de 2008. La Gran Crisis ha caído sobre nosotros como un fenómeno de la naturaleza. En pocos días, acontecimientos encadenándose unos a otros, han barrido esperanzas, expectativas, sueños de futuro, como si de un tsunami se tratara. Analistas, académicos, políticos... se disponen a explicar ahora lo que, desde hace mucho tiempo, venía flotando en el aire. Y, borradas todas las referencias y todas las alternativas, no encuentran mejores explicaciones que acusar a la avaricia de unos desaprensivos, a la falta de control sobre los mercados (financieros), a la especulación, cuando no directamente al fraude, de aquellos que olvidaron los orígenes (“calvinistas”) del capitalismo, mientras sus “recetas” constituyen una mezcla del intervencionismo ante el crack del 29 y un suspiro para retomar las políticas keynesianas. Los heraldos del neoliberalismo se muestran ahora arrepentidos –aunque no son pocos los beneficios que se han embolsado en su brillante trayectoria– y reclaman la intervención de Estados y organismos supraestatales para contener la catástrofe.

Sólo que olvidan que la historia transcurre, que esto no es un juego del Monopoly repetido al antojo de sus participantes para colocarse cuando les parezca ante el tapete. Y la historia ha transcurrido: el éxito de las políticas propugnadas por Keynes y otros (hoy, por el reciente Nobel de Economía, Paul Krugman) se insertan en un periodo histórico y en unas condiciones que, ni de lejos, se parecen a las actuales; todos coincidiremos en que, en ochenta años, el mundo se ha transformado profundamente, y que acudir apresurados a recetas que funcionaron antaño puede ser peligrosamente fatal en circunstancias estructurales e históricas radicalmente diferentes.

Pero, tal vez para empezar, tenemos que preguntarnos: ¿Dónde se origina esta crisis? ¿En el boom inmobiliario? ¿En las subprime? ¿En la avaricia desatada de unos pocos? ¿O tiene otros orígenes, otras explicaciones?

Cuarenta años atrás ...

Mi hipótesis consiste en que lo que estamos viviendo hoy tiene su origen en una serie de fenómenos de hondo calado que han venido reptando en el subsuelo de las lógicas, de las teorías y de las prácticas al uso, y que podemos rastrear, al menos, hasta un mayo de hace cuarenta años...

En el 68 se produce una forma de revolución peculiar –aunque no tanto, si se tienen en cuenta el Renacimiento, o la época inmediatamente anterior a la Revolución Francesa...– protagonizada por el cognitariado, por los futuros trabajadores del conocimiento, y sostenida práctica y teóricamente por pléyades de intelectuales, artistas y filósofos, aunque entornada por la violenta oposición de los poderes constituidos y el recelo, cuando no rechazo absoluto, por las llamadas fuerzas de izquierda (en aquel entonces altamente dependientes de la Unión Soviética y sus dictámenes). Esta revolución no se despliega en la lucha por el poder –de hecho, es violentamente aplastada en Praga, Kent, la Plaza de las Tres Culturas...– sino que sus efectos, estructuralmente fundados en los cambios acaecidos en las sociedades y las relaciones de producción, van a extenderse al ámbito cultural, no en un sentido tradicional, cerrado, sino como anuncio de lo que hoy podemos llamar biopolítica.

Los años setenta vienen marcados por la reacción “histérica” (y brutal) del sistema capitalista ante las convulsiones de un mundo que se transforma: Son los “años del plomo”. La izquierda es físicamente eliminada, literalmente, en muchas zonas del planeta (como ejemplo, valgan Chile, Argentina, Paraguay o Uruguay), mientras los últimos vestigios del colonialismo desaparecen (Vietnam, la Revolución de los Claveles, la OPEP, la ocupación del Sahara por Marruecos...); el mundo “desarrollado” afronta la primera crisis desde la II Guerra Mundial (la “crisis del petróleo).

En los ochenta se produce el triunfo del neoliberalismo, representado en términos políticos por Reagan y Thatcher, que, en medio del derrumbamiento del sistema soviético, inicia el desmantelamiento del Estado del Bienestar, mina drásticamente el poder sindical y da vía libre a la privatización de lo otrora público. Fukuyama proclama “el fin de la historia”... Y esta política, con unas u otras variantes, se prolonga (y se acentúa) sin referencias ni resistencias más allá de lo “marginal” (es lo “políticamente correcto”) durante veinte años. Son las décadas del consumo y del hastío...

La situación que quiebra hoy no es, por tanto, fruto de las “malas artes” de un grupo de desaprensivos y avariciosos, sino la desembocadura de cuarenta años de historia, y sus enormes efectos en la economía, en las sociedades y en la política. Como argüiré más adelante, es la crisis del dominio capitalista sobre la sociedad y la economía del conocimiento.

¿Cuántas crisis en esta crisis?

La actual crisis está siendo tratada por especialistas de uno u otro signo en función de sus síntomas, en un análisis macroeconómico tradicional. Es decir, se buscan medidas – sin duda coyunturales– para mitigar sus efectos inmediatos, con la obligada referencia a recetas del pasado –pues, de momento, no hay otras. Así, se trata de inyectar dinero en el sistema financiero “vaciado”, se trata de estimular el crédito a las empresas, se trata de aumentar el gasto público para estimular la demanda, se nacionalizan bancos... Convivimos con una miscelánea de las medidas adoptadas en la crisis del 29 con otras típicas de las políticas contracíclicas.

Sin embargo, pervive un problema de fondo, que nadie –o casi nadie– explicita: ¿Es esta crisis una suma de crisis o es una crisis diferente? Mi opinión es la segunda, por más que reconozca como muy interesantes muchos de los análisis que se están realizando y algunas de las propuestas que se están haciendo. En estas cuatro décadas, las contradicciones del capitalismo y la crítica marxista tradicional han seguido teniendo como objeto, al igual que antaño, los conceptos de propiedad y mercado (distribución), que han culminado con el triunfo ideológico exultante del neoliberalismo, proclamando la propiedad como un derecho inalienable y al mercado como sistema autorregulado que todo lo soluciona, con lo que la máxima preocupación de los que vivimos en las “bolsas de riqueza” consiste en qué y cuánto consumir. Y a ello se une la responsabilidad de las fuerzas de izquierda que han sido incapaces de trascender este (hoy, falso) debate y adentrarse en las condiciones de las nuevas realidades (lo que, por otra parte, les ha costado su desdibujamiento total y su subsunción en las políticas imperantes, so pena de marginación pública).

Se trata, por tanto, de hacer un diagnóstico de esta situación, pero no siguiendo el cómodo modelo de referirlo a situaciones análogas del pasado, sino recurriendo a la idea de Foucault de que diagnosticar es descubrir qué ocurre hoy que no había ocurrido antes. Mi hipótesis consiste en que, primero la reacción del capitalismo a las crisis sociopolíticas de los sesenta y setenta, y después su triunfo en los ochenta y noventa, han ido creando un nuevo modelo de acumulación cuyo límite final estamos viviendo y, económicamente, sufriendo. Y entiendo que este desarrollo tiene mucho que ver con la “tercera pata” –además de la propiedad y el mercado– del sistema: La esencia del trabajo. Este es un tema que, en los sistemas de difusión generalizados, apenas se trata: Tanto neoliberales como marxistas tradicionales dan por sentada la naturaleza transhistórica del trabajo tal y como la conocemos en la era industrial, por lo que no esperan ninguna novedad explicativa que provenga de esta esfera, más allá de las cada vez más escasas “reivindicaciones de clase”. Sin embargo, interpreto que ahí está la clave.

La crisis actual está altamente relacionada con la contradicción, en la esfera productiva, entre las estructuras de producción industriales, que exigen trabajo dependiente, alienado, y las nuevas formas de producción basadas en el trabajo cognitivo, que tienden a liberarse del dominio, buscando sus propios significados.

La transformación del trabajo

Desde los años sesenta y setenta, el trabajo ha ido mutando de lo masivamente físico (la factoría industrial) a lo masivamente cognitivo. Este fenómeno no ha pasado desapercibido en nuestras empresas y sociedades, si bien se ha tratado de “capturar” la potencia de la subjetividad obrera para insertarla en las sociedades de control [1], como si nada hubiese pasado. Pero han pasado muchas cosas, aunque en el corto espacio de este artículo sólo puedo referirme a algunas (sin duda, importantes) de ellas.

Si entendemos el conocimiento como la conexión indistinguible de pensamiento, emoción y acción, y, por tanto, como un despliegue personalizado, aunque social, que contiene en sí altos grados potenciales de libertad (que no puede ser “ordenado”), no es difícil deducir –y, en cierto modo, constatar, aunque nublado por la ideología dominante– que la nueva esencia del trabajo tiende, por su propia naturaleza, a autonomizarse, perdiendo su dependencia del Capital como organizador del proceso productivo, de forma que este sólo puede aspirar a valorizar en términos monetarios el excedente producido. Pero viene a sumarse una complicación: En la medida en que la producción se autonomiza del capital y que sus protagonistas son conscientes de su potencia, la posibilidad de capturar el excedente en la economía real disminuye, al menos parcialmente (la burbuja especulativa de las empresas “punto.com” a principios de los noventa es representativa de este fenómeno).

El “producto” (valga la expresión, aunque limitativa) del trabajo cognitivo es siempre excesivo; no queda agotado en la mercancía (un producto o un servicio) sino que se expande en cada acto productivo, convertido en nueva potencia productora, de forma que genera (como ha sido visible en las últimas décadas) incrementos de productividad impresionantes, aun cuando, sin duda, nuestras estructuras empresariales y sociales, diseñadas para la era del trabajo físico, destruyan parcialmente tal productividad. Esta contradicción entre la potencia de producir y el dominio de la exterioridad (en sus formas de propiedad y de poder) está presente en la mayoría de las empresas que visito, en formas de falta de protagonismo, de incomunicación, de desmotivación... Es decir, el trabajo cognitivo contiene una potencia de generación de riqueza desconocida hasta la fecha, pero las estructuras que sostiene la lógica capitalista necesitan “reconducirlo” a su dominio (mientras, esquizofrénicamente, le animan a progresar, a ser creativo, flexible, autónomo...), ya que, en otro caso, todo el edificio quedaría puesto en cuestión. Esta contradicción de fondo ha venido haciendo al capital más atractivo el sector financiero, no sujeto –hasta ahora– a esta restricción, que la llamada “economía real”, el espacio donde realmente se produce valor.

Y a ello podemos añadir un efecto más desde el ámbito macroeconómico [2]: La amortización del capital es una de las bases de nuestro sistema empresarial; se supone que las empresas deben reinvertir parte de su flujo de caja en asegurar la reposición de sus activos fijos. Pero, en la medida en que el factor de producción masivo consiste en el conocimiento, esta alternativa queda parcialmente obsoleta. En efecto, se siguen amortizando activos fijos, pero no existe ninguna “amortización del conocimiento”. Este fenómeno ha producido un exceso de liquidez en términos de beneficios empresariales que, al no tener que reinvertirse en la empresa (en la economía “real”) , se ha trasladado a la esfera financiera en busca de oportunidades. Sin embargo, voy a hacer notar un aspecto del tema: No existe amortización del trabajo cognitivo porque en la era industrial ha habido una amortización encubierta de la corporeidad, pero siempre bajo el epígrafe de “gasto variable”. En efecto, ¿qué ha sido el salario, el alquiler de la fuerza de trabajo? Un gasto –no una inversión, en el sentido estricto del término– que permite al obrero reponer el cuerpo y generar otros cuerpos que serán los trabajadores del mañana. Su referencia ha oscilado entre los niveles de vida más o menos aceptables y la aplicación de la ricardiana ley del valor (que liga tiempo de trabajo y valor incorporado).

Hoy, invalidada la ley del valor (el valor incorporado es parcialmente independiente del tiempo de trabajo), seguimos asistiendo a la fijación de salarios en torno a jornadas de trabajo y, por supuesto, en torno a la capacidad negociadora de las partes en cuestión, pero su objetivo sigue siendo cubrir la vida media, la vida plana, el mantenimiento del cuerpo. En ninguna parte se incluye la reproducción del conocimiento como factor clave de la producción actual. Alguien argüirá que esta tarea ha sido trasladada a la sociedad a través del sistema educativo. Pero, dejando aparte que la educación es una de las primeras víctimas del desmantelamiento del Estado del Bienestar, lo cierto es que la empresa no reinvierte en conservar y reproducir –no digamos ya aumentar– el conocimiento que existe en su seno; a diferencia de la amortización del capital fijo y, si queremos, de la amortización de los cuerpos, no existe reinversión en el conocimiento, de forma que el valor producido por este no regresa a la empresa, sino que pasa directamente a beneficios y dividendos.

Política de la riqueza

La creciente autonomización del trabajo de la mediación del capital, así como la ausencia de amortización del conocimiento –de reinversión en la empresa para mantener y desarrollar su factor productivo clave– ha desplazado el beneficio hacia la esfera financiera, de manera que esta economía “virtual” se ha vuelto dominadora y referente de la economía real. Algunas de las consecuencias de este proceso histórico son las siguientes:

  • La obtención de beneficios monetarios a muy corto plazo se convierte en la medida del éxito. En efecto, en una esfera “caótica” como la de los flujos financieros en red, se trata de aprovechar el momento para multiplicar las ganancias; pero esta lógica se traslada, a través de su repercusión en la Bolsa, a la economía real, de forma que las retribuciones de los directivos quedan ligadas a la inmediatez de obtención de beneficios, con una absoluta ignorancia de cualquier horizonte de futuro.
  • La economía real –quitando parcialmente su juego en Bolsa– aparece como la “hermana pobre” del sistema económico, de manera que los “héroes” del sistema aparecen rutilantes en la esfera financiera– y en la esfera especulativa.
  • La necesidad de enriquecimiento inmediato como factor de éxito y la preponderancia de la esfera financiera traccionan para convertir cualquier acto vital en valor de cambio, en moneda. Sólo vale lo que obtiene un valor de transacción inmediato, lo demás es pérdida de tiempo; es decir, cualquier idea de creación de riqueza queda limitada a su valorización monetaria en lo inmediato.

Transcurridos los años sesenta y setenta, de enorme dureza, a finales de los ochenta, tras el colapso del bloque soviético, el Sistema proclama que, desde ahora, el Mercado se encargará de regular la vida en el planeta, la desaparición de la política – intervencionismo cero, ¡quién nos lo iba a decir!–, la orgía del consumo como panacea de felicidad y estatus social, la referencia de toda creación a su valor monetario –de “mercado”– y... ¡¡¡el fin de la historia!!! Nunca el mundo feliz de Huxley estuvo tan cerca.

Pero, de hecho, este proceso ha sido profundamente político, en su absurda apariencia de “neutralidad”, y radicalmente ideológico. Sin embargo, el hecho de que, no casualmente, haya coincidido con el fin de la llamada “guerra fría” y de la aparente superioridad del sistema capitalista sobre el (vencido) sistema “comunista” –que, por supuesto, no lo era, sino que constituía una cara especular de su antagonista político–, ha contribuido a destruir cualquier intento de crítica política, ya que poner en duda el sistema victorioso significaba quedar expuesto al mccarthismo del apogeo neoliberal, a la fatal sospecha de “marxista”. Así, partidos políticos, fuerzas sindicales, intelectuales de todo tipo (incluso los otrora más radicales)... han quedado sometidos a una lógica perversa que destruye la política y todo atisbo cultural que no sea un best-seller en aras del tótem supremo del mercado sin reglas ni contenidos diferentes a la divisa.

El aparente “laissez faire, laissez passer” sólo valía para los súbditos del Imperio, pero no era de aplicación para los países –o comunidades– díscolas, donde el más feroz y cruel intervencionismo (la guerra) se ha hecho omnipresente. La “política de la riqueza”, identificada con el flujo monetario, nos ha dominado y ha conducido al absurdo (por más que tantos tan pocos se hayan enriquecido) de que “acumular” significa “jugar con el dinero”, comprar dinero para venderlo revalorizado en operaciones de cualquier tipo. No sé si el juego ha terminado, pero sí que el desastre que ha provocado ya está presente. Y está presente sin referencias, sin alternativas, ni ideológicas, ni económicas, sin políticas alternativas.

Entiendo, por tanto, que aunque tarde y mal, es necesario formular un nuevo concepto de la política que haga frente al vendaval de estupidez y corrupción moral que nos ha barrido en estos últimos veinte años, aunque para fundamentarlo vamos a tratar previamente la contradicción existente entre los conceptos de riqueza y de valor.

Riqueza vs. Valor *

* [3]

En mi libro antes citado ya apuntaba que para superar la aporía a la que nos ha conducido el sistema imperante era necesario romper la igualdad, ideológicamente establecida, entre riqueza y valor (de cambio). En efecto, la lógica del Capital ha subsumido la idea de riqueza en la de valor, de forma que sólo vale lo que tiene una traducción monetaria inmediata, lo que se traduce en dinero. Y esta lógica se inscribe fundamentalmente en los modos de producción y de consumo de nuestras sociedades. Así, en palabras de Postone: “[...] el objetivo último de la producción en el capitalismo no es la producción de bienes, sino de valor o, más concretamente, de plusvalor. No obstante, puesto que el valor es la objetivación del trabajo en tanto que medio cuasi-objetivo de adquisición de bienes no producidos por uno mismo, el valor, como forma de la riqueza, es independiente de las características físicas de las mercancías en las que toma cuerpo. No hay ninguna diferencia cualitativa entre el valor de un producto y otro; la única diferencia existente entre ellos es necesariamente cuantitativa. En consecuencia, desde esta perspectiva, la producción en el capitalismo está orientada necesariamente hacia lo cuantitativo: hacia cantidades siempre crecientes de plusvalor. Las categorías de valor y capital expresan una forma, socialmente constituida, de mediación y riqueza cuya característica primordial es la tendencia hacia su expansión ilimitada.”

Y más adelante: “Correlativamente, el objetivo de la producción en el capitalismo se enfrenta a los productores como si de una necesidad externa se tratase: no viene dado por la tradición social o por la coerción social abierta, ni es decidido conscientemente desde arriba. Tal objetivo, por el contrario, escapa del control humano. Sin embargo, ese objetivo no consiste, como creía Bell, en más y más bienes, sino en más y más valor. En el capitalismo, la elección de los productos como objetivos no depende, realmente, de sus cualidades sustantivas, ni de las necesidades que satisfacen. La producción en el capitalismo deja de ser un medio para un fin sustantivo, para convertirse en un medio para un fin (valor) que resulta, en sí mismo, un medio, un momento en una cadena infinita. El capitalismo está caracterizado por la producción misma.”

Uno de los ejemplos más “extremos”, si se quiere, de esta lógica de acumulación de plusvalor viene dado por la industria armamentística y sus lobbys (pero no es la única: la destrucción del medio ecológico, o el tráfico de personas y el consumo de vidas, están también ahí...): Para valorizar su producción tiene que usar sus productos, cuya producción, a la vez, es destrucción de riqueza y de vidas; y la consecuencia, una nueva forma de valorización en forma de “reconstrucción” de lo intencionadamente destruido... Desde este extremo se hace muy evidente que la lógica del valor (del “plusvalor”) y de la riqueza no son lo mismo y, más aún, pueden ser en muchos casos absolutamente contradictorias.

¿Y qué ocurre con el trabajo en este sistema contradictorio? Ya hemos hecho notar que el trabajo cognitivo se extiende como factor masivo de producción; pero persiste un problema conceptual. El trabajo, en su forma histórica en el capitalismo (aunque hoy nos parezca lo natural) ha pasado de una subsunción formal en el capital –el primitivo “alquiler de fuerza de trabajo”– a la subsunción real de la sociedad en el capital –al final de toda exterioridad– convirtiéndose así en una mediación social; es decir, toda valoración de la persona y su entorno familiar viene referida a “en qué trabaja” y “cuánto gana”. Pero, a su vez, presenta otro rasgo esencial, que no ha sido superado por el trabajo cognitivo: constituye, por esencia, trabajo dependiente, asalariado y sujeto, por tanto, a la exterioridad del propio acto productivo. Y esta “idea” del trabajo es la que damos como natural, como transhistórica, en nuestras avanzadas sociedades...

Sin embargo, esta realidad es parte de la distorsión que está sufriendo nuestro sistema económico y social, en la medida en que la ley del valor sigue dirigiendo, mientras se ha esfumado en la práctica, las conductas industriales y empresariales. Es decir, mientras la productividad del trabajo (cada vez con más componente cognitivo) aumenta espectacularmente, la retribución del mismo sigue fijada en el valor horario, en las horas de trabajo, como forma comparativa de competitividad, de forma que la riqueza generada no puede revertir –en forma de compra– al sistema social y tiene que ser desviada a la esfera financiera.

Así, “[...] la expansión del plusvalor requerida por el capital implica una tendencia hacia la aceleración de las tasas de incremento de la productividad y, por ende, en el número de bienes producidos y de materias primas consumidas. No obstante, los incrementos cada vez mayores de riqueza material producidos no conllevan incrementos equiparables a nivel de la riqueza social en la forma de valor. Esta versión de la teoría del valor sugiere, entonces, que un rasgo paradójico del capitalismo moderno –la producción de la pobreza y la escasez de prosperidad general en medio de la (aparente) abundancia no resulta, únicamente, como un efecto de la distribución desigual, sino que depende de la forma valor de la riqueza situada en el centro del capitalismo.

Y dicho de otra forma, [4]“Nosotros sabemos de dónde proviene la carencia –y su correlato subjetivo el fantasma. La carencia es preparada, organizada, en la producción social. Es contraproducida por mediación de la antiproducción que se vuelca sobre las fuerzas productivas y se las apropia. Nunca es primera; la producción nunca es organizada en función de una escasez anterior, es la escasez la que se aloja, se vacuoliza, se propaga según la organización de una producción previa. Es el arte de una clase dominante, práctica del vacío como economía de mercado: organizar la escasez, la carencia, en la abundancia de producción, hacer que todo el deseo recaiga en el gran miedo a carecer, hacer que el objeto dependa de una producción real que se supone exterior al deseo (las exigencias de la racionalidad), mientras que la producción del deseo pasa al fantasma (nada más que al fantasma).”

Así, en la lógica de acumulación capitalista se produce necesariamente –inherentemente al sistema– una disfunción entre lo microeconómico, que remite a la competitividad entre las empresas, y lo macroeconómico, que se nutre de las combinaciones de los flujos de valor interactuando. Pues la competitividad se establece en función de la diferencia entre la productividad generada por hora de trabajo en relación al coste horario de mano de obra; este principio sustentó la ley del valor. Así, “[...] en la medida en que el valor depende únicamente del tiempo de trabajo socialmente necesario, la adquisición generalizada de mayores niveles de productividad social revierten en cantidades cada vez mayores de riqueza material, pero no en mayores niveles de valor por unidad de tiempo. Esto, sin embargo, implica que mayores niveles de productividad no disminuyen la necesidad del gasto de tiempo de trabajo (lo que sería el caso si la riqueza material fuera la forma dominante de la riqueza). En su lugar, esta necesidad es constantemente reconstituida. En consecuencia, el trabajo, al margen del nivel de la productividad, se mantiene como el medio necesario de la reproducción individual y el gasto de tiempo de trabajo como clave para el proceso de producción (considerado en términos de la sociedad como un todo).”

En efecto, el management científico de Taylor contribuyó a enormes incrementos de la productividad en la primera larga mitad del siglo pasado, y la expansión del trabajo cognitivo (con su relación parcial con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación) en el contexto productivo ha acelerado espectacularmente este fenómeno. Sin embargo, la retribución del trabajo (dependiente) ha seguido inexorablemente ligada a las horas trabajadas y al concepto de retribución de la reproducción de la hora de trabajo, convertido en el referente único de la “competitividad”. Como ya hemos comentado, esta retribución constituye la “amortización” de la vida plana con un referente medio en las diferentes sociedades. [Nótese que este criterio no se aplica al tiempo de algunos “altos ejecutivos”, cuyas astronómicas retribuciones vienen ligadas, en formas de bonus y similares, a la rentabilidad a corto plazo de la corporación y a la protección ante su “despido”.]

Nos encontramos, así, con la artificiosa separación entre generación de riqueza y generación de valor (de cambio), de manera que introduce una distorsión inherente al sistema: Al ser la riqueza generada muy superior a su retribución en valor, no sólo se convierte en necesario tratar de estimular artificialmente el consumo (de quienes pueden consumir, claro), sino que la riqueza “excedente”, traducida de nuevo a valor monetario, sólo puede “realizarse” –reproducirse, continuar el proceso de acumulación– en la esfera financiero/especulativa, donde el tiempo de trabajo no tiene significado alguno.[5]

La propia lógica capitalista crea las condiciones –en forma de riqueza abundante– para la emancipación, al tiempo que tiene que agostarlas para sostener su dominio en las formas de acumulación. La crisis que nos ha provocado es, no sé si un límite, o el último límite de esta barbarie esquizofrénica.

Riqueza de la Política

La actual crisis no es sólo económica, sino sociopolítica. Durante, al menos, las dos últimas décadas, se ha proclamado la superioridad de una política “victoriosa” que cifraba su supremacía en el vaciamiento de cualquier opción política –que no fuera la propia–, en la supuesta “ausencia de política” que el mercado exigía, y en la guerra como expansión de la democracia (de mercado). La globalización real ha sido la de los flujos financieros, que han acabado convertidos en soberanos en su sentido más completo. Por ello, coincido con Federico Mayor Zaragoza [6] ; cuando dice: “Es una crisis del capitalismo, y no en el capitalismo [...]”

Las formas de crítica/oposición al capitalismo han venido centrándose en el carácter de la propiedad y en las formas de distribución (el mercado), pero, salvo honrosas excepciones (entre las que se encuentra el Marx menos popularmente conocido), no han profundizado en la clave del sistema, en la concepción del trabajo en el Capital; esto mismo se hace evidente en los intentos de reformar/transformar nuestras empresas y organizaciones sin adentrarnos en la esencia del trabajo, sino como opciones periféricas al mismo (valgan como ejemplo las llamadas al “cambio” giratorio, sin sentido, o las apelaciones a las motivaciones más profundas de las personas para que se alineen con la organización...).

Pero ahora, lanzados al averno de la Gran Crisis, se nos hace más necesario que nunca reformular la crítica para ir diseñando sistemas de tránsitos y transformaciones; pero no la crítica fácil de lo mal que han actuado algunos para desastre de todos, sino una crítica inmanente, desarrollada desde la propia lógica del sistema. En palabras de Postone [7] : “Las categorías de una crítica adecuada, como he afirmado, deben abarcar no sólo el carácter contradictorio de la totalidad, sino también el fundamento de la falta de libertad que la caracteriza. La abolición histórica de las formas sociales categorialmente expresadas debe mostrarse como una posibilidad determinada, posibilidad que implica a las condiciones sociales para la libertad.

Y más adelante, “Una característica del capitalismo es que las relaciones sociales esenciales son sociales de un modo peculiar. Existen no como relaciones interpersonales abiertas, sino como un conjunto de estructuras cuasiindependientes, opuestas a los individuos, un ámbito de necesidades ‘objetivas’ y de ‘dependencias objetivas’. Consecuentemente, el modo de dominación característico del capitalismo no es abiertamente social y personal: ‘estas relaciones de dependencia materiales [...] se presentan también de manera tal que los individuos son ahora gobernados por abstracciones, mientras que antes dependían unos de otros’. El capitalismo es un sistema de dominación abstracto e impersonal. Comparado con las formas sociales anteriores, las personas aparentan ser independientes pero, de hecho, están sujetas a un sistema de dominación social que no parece social, sino ‘objetivo’.”

Vivimos, todavía potencialmente, de manera no abiertamente formulada, un desplazamiento del antagonismo en el sistema capitalista. En el fordismo (en la subsunción formal del trabajo en el capital) la base del trabajo –y la forma de las relaciones de producción– se establece en torno al alquiler de “fuerza de trabajo” por el empresario, es decir, al alquiler de los cuerpos; el antagonismo, entonces, se manifiesta en la lucha de clases, entre trabajadores y capitalistas. El marxismo tradicional formula una línea de acción que, aunque claramente desdibujada, llega hasta nuestros días: la idea del proletariado como “sujeto histórico” y de la “socialización” de los medios de producción –origen del alquiler de fuerza de trabajo– como tránsito al socialismo.

Un error de fondo recorre esta concepción de la revolución socialista: Es el olvido de la esencia del trabajo –y de su valorización- como central al desarrollo capitalista. Pues, en efecto, el proletariado es una criatura del sistema, y ha sido generado por su lógica, de forma que no puede destruir el sistema sin destruirse a sí mismo –sin abolirse, sin abolir los modos de producción que lo generan–. Así pues, la “socialización” – “nacionalización” sería mucho más exacto- de los medios de producción en los países del “socialismo realmente existente”, al no modificar, ni cuestionar, la esencia del trabajo, reproduce en una forma distorsionada, valga decir deforme, la propia lógica del capital. El resultado ya lo conocimos hace veinte años...

Durante los años cuarenta y cincuenta, la Escuela de Frankfurt desplaza el peso de la polémica hacia la esfera ideológico-cultural, en un giro claramente pesimista (explicado por los horrores del nazismo, el estalinismo y la guerra), de manera que anuncia el dominio abstracto del sistema, obviando de nuevo –o tratándolo de una forma ingenua- el tema de la esencia del trabajo y su evolución. Es sólo a partir de los sesenta cuando se pone sobre el tapete una nueva concepción del trabajo (en principio, marcada por la negación, por el rechazo al trabajo (dependiente)), que va a dar paso a lo que hoy conocemos como el postfordismo y la postmodernidad...

Sin embargo, ya hemos señalado que en estas décadas el trabajo cognitivo desplaza al trabajo físico como factor masivo de producción. Pero este fenómeno tiene una consecuencia trascendental: El trabajo cognitivo contiene un potencial de generación de riqueza que no puede quedar contenido en la lógica cuasiobjetiva del capital (en la ley del valor), de forma que su expansión acrecienta sin cesar la contradicción entre lo ya posible y las leyes del sistema que, siempre, tienen que remitir a la escasez y a la carencia para alimentar una demanda ficticiamente establecida.

Pero de esta forma traslada el antagonismo al terreno de lo social y de lo político; pues el corsé del sistema no sólo contiene a los trabajadores, sino que castiga –en la escisión entre economía real y economía financiero/virtual– también a empresarios y ciudadanos (por ejemplo, a través del deterioro de los fondos de inversión y de los fondos de pensiones), a pesar de las diferencias de riqueza y poder que tengan unos y otros. Es decir, la lógica del capitalismo financiero necesita destruir parte del potencial contenido en el trabajo cognitivo y en la producción social para sostener su lógica de acumulación. Así, la manera de abordar la crisis actual es esencialmente política, como ya está siendo obvio por las políticas adoptadas por gobiernos y entidades supraestatales; pero esto no será, ni de lejos, suficiente. Se necesita el recurso a las micropolíticas, a las políticas que respondan a las aspiraciones y deseos de la ciudadanía, a las que generen rasgos de solidaridad y puntos de apoyo para la generación cooperativa de riqueza desde la corporeidad del deseo: Tenemos que reencontrarnos con la biopolítica.

Las “alternativas” que, tanto desde el punto de vista macroeconómico como microeconómico, se vienen produciendo en la última década olvidan, como ya he señalado, que la mutación capaz de generar una transformación inmanente del sistema estriba en la profunda mutación de la esencialidad del trabajo y en las contradicciones que esta provoca en el sistema que la contiene. Así, venimos asistiendo a la búsqueda de alternativas al sistema económico basadas en elementos tan dispares como la creación de otro tipo de instrumentos de cambio, en la organización de circuitos de distribución alternativos a los establecidos, o la reivindicación de la forma cooperativa de propiedad como alternativa [8] Por otro lado, las “intervenciones” en el mundo de las empresas oscilan entre cambios en las estructuras organizativas e intentos de debilitar la contradicción a través de adiestrar al personal para ser más flexible, para llegar a estar satisfecho con su trabajo, para automotivarse (y las librerías de los aeropuertos se pueblan de libros de autoayuda prometiendo la solución para el atribulado directivo...). Se mueven, pues, en los campos de la propiedad, de la distribución, de las formas estructurales de las organizaciones, de la psicología industrial... De nuevo, ninguna de estas orientaciones penetra el núcleo del problema: La mutación en la esencia del trabajo y las contradicciones sistémicas que genera.

Por tanto, obviando otros necesarios enfoques desde las ópticas macroeconómica y macropolítica, voy a desarrollar dos vías, altamente interconectadas, que permiten reconsiderar la situación desde puntos de partida diferentes. Advierto que voy a partir de lo local, de lo “localizable”, como origen de conexiones posteriores en redes relacionales, con lo que dejo fuera de mi propuesta otros campos de intervención de indudable interés.

Política de la Producción

La contradicción fundamental en nuestras formas económicas se está ubicando en la relación entre el despliegue del trabajo cognitivo como factor masivo de producción y las relaciones de producción imperantes en el Sistema, referidas a la forma valor y, por tanto, al tiempo de trabajo. Las repetidas “llamadas” a innovar olvidan que en las últimas tres décadas se ha “innovado” a velocidad exponencial, pero esto no ha evitado la catástrofe civilizatoria a la que nos estamos viendo abocados. No es la solución. Tenemos que innovar –y, por qué no, subvertir– las bases artificialmente abstractas de las relaciones de producción, y, por derivación, de las relaciones sociales, que subsumen en un pozo sin fondo cualquier atisbo de desarrollo de riqueza material, social o cultural.

Las aproximaciones más “populares” a las vías de transformación vienen marcadas, bien por la modificación de las estructuras organizativas y, por ende, jerárquicas [9] , para “liberar” la capacidad creativa de los empleados, o bien por los intentos de modular una nueva conducta entre directivos y empleados (tipo “inteligencia emocional”, “coaching”, y similares) que les permita colaborar más abiertamente en la atmósfera de nuestras organizaciones. Pero estas aproximaciones dan por sentado (esto es muy evidente en el libro de Hamel) el carácter aparentemente transhistórico del trabajo (o de las relaciones de producción, si se prefiere), su naturaleza abstracta, cuasinatural. Y ahí reside la trampa, pues nunca se pone en cuestión el origen y sus formas estructuralmente dinámicas de la contradicción de fondo que viven nuestras empresas, organizaciones y sociedades.

Necesitamos, más allá de maquillajes a la última moda, más allá de llamamientos a cambiar nuestras estructuras y jerarquías, todavía mucho más allá de la estúpida pretensión de moldear a las personas para que sean dócilmente adaptables a los requerimientos de la situación, generar un nuevo concepto de la producción de riqueza y, con ello, transformar el concepto de trabajo imperante en nuestras sociedades.

Pues, en efecto, lo que se despliega de forma inmanente desde el propio sistema es la veloz sustitución del trabajo masivamente físico por el trabajo masivamente cognitivo, como condición de reproducción del mismo al tiempo que como generador y figura de un nuevo antagonismo. Pues, por su naturaleza, el trabajo cognitivo no puede quedar “atrapado” en las estructuras creadas para contener trabajo físico, pero a su vez el capitalismo se fundamenta en la valorización competitiva del trabajo físico y no encuentra cabida para el trabajo cognitivo. Me remito a Lazzarato [10] : “En cada actividad, sea material o inmaterial, la subjetividad cualquiera distingue la alegría, que se expresa en la invención y la cooperación, de la tristeza, que se expresa en el trabajo de repetición estandarizado. La dinámica del fenómeno económico no encuentra su explicación exclusivamente en la sed de enriquecimiento, ni en la evitación del dolor y la búsqueda del placer, sino más bien en el esfuerzo continuamente renovado de evitar la tristeza de la reproducción estandarizada y de inventar la alegría de la invención, de reducir la necesidad del trabajo y de aumentar la libertad de la cooperación. El capitalismo debe enfrentarse a esta ontología de la invención y de la repetición, de la alegría y de la tristeza. El rompecabezas del capitalismo contemporáneo viene del hecho de que está obligado a plegarse a estas condiciones sin poder asumirlas completamente, ya que su lógica no es la de la inmanencia y la de la philia que implica la cooperación entre cerebros.”

Así, pues, ¿desde dónde podemos enfocar una nueva política de la producción? Voy a hacerlo partiendo de una afirmación que realizo en mi último libro: “Así, alcanzo una conclusión, sin duda discutible: La democracia en la producción procederá desde la apropiación por parte de los productores de su trabajo en toda su dimensión (física, cognitiva, relacional, social...) y del apoderamiento (del ejercicio consciente de su poder) sobre ella y sobre sus derivaciones sociales. Las condiciones para esta apropiación y este apoderamiento ya están dadas en la naturaleza del trabajo cognitivo, aunque todavía insertas en la lógica del capital (lo que Virno llama el comunismo del capital), pero es necesario conceptualizarlas, teorizarlas, como una forma esencial de liberación.

Transformar, desde esta óptica, no significa aplicar herramientas ni recurrir a mitologías, sino que constituye un acto político: Implica una nueva forma de alianza entre los productores y los detentadores formales del poder en la organización; exige conversaciones, compromisos, acuñación de conceptos y lenguajes, que permitan ir desplegando una nueva forma de producir conectada con la potencia de la cooperación de los productores y con la apropiación colectiva de la riqueza generada y su proyección social.

La potencia contenida en el trabajo cognitivo asegura, en este tránsito, que nadie “pierde”, que todos pueden ganar. Pues, si queremos expresarlo en ese término, la “competitividad” de una empresa capaz de desplegar libremente el conocimiento de sus integrantes es exponencialmente superior a aquellas otras que no son capaces de hacerlo (aunque temporalmente se refugien en sus prebendas de poder y, con ellas, el recurso al dinero público, como hoy podemos observar claramente). De forma que ganan los trabajadores, de manera que el capital prestado para la producción recibe mejores y, sobre todo, más continuados retornos, y la sociedad comunitaria se enriquece teniendo “modelos” de este tipo (generadores de un empleo diferente, referentes para otras empresas, propulsores de cambios sociales...). En mi experiencia, compruebo que ya existen organizaciones de este tipo –aunque no hayan alcanzado el estadio “ideal”, que, por otra parte, no sé cuál es– y de los impresionantes efectos que producen, aunque tenemos que admitir que su masa crítica es claramente insuficiente.

Como lo es, por otra parte, la marginalidad a la que se ven sometidos los intentos teóricos por alumbrar nuevas vías de avance que contengan la radicalidad de cuestionar el absurdo teórico y el desastre “práctico” al que las “teorías” de los bienpensantes nos han conducido... Necesitamos, pues, una política de la producción para recuperar nuestras organizaciones y empresas del cubículo en el que se han –o les han– metido, lugar de encierro sin más sentido que la pura supervivencia. Pero, junto a ello, necesitamos una nueva producción de la política que contenga los contextos sociales y comunitarios en los que la potencia de la producción cognitiva cobra sentido y recaba aliento.

Producción de la Política

Otro eje esencial para confrontar la actual crisis y anegar caminos para su probable reproducción se encuentra en el rearme de la política. Pero no de la política entendida en su imagen actualmente predominante, arrastrando ideologías del siglo XIX sin más contenido que el acceso al poder público y, por tanto, con su vil servidumbre a los votos de la imagen y de la inmediatez.

Necesitamos una nueva política que responda a las aspiraciones más legítimas de los ciudadanos, a los deseos, a los afectos, a la solidaridad; y este concepto sólo puede ser construido desde lo local (o, más exactamente, lo localizable), desde conceptos de comunidad que abarquen la empresa, las organizaciones, la educación y la ciudadanía. Pero este concepto de comunidad –y su reflejo político, la biopolítica, la política de los cuerpos– sólo puede construirse desde la quiebra del sistema valor como vertebrador del cuerpo social, y su superación por un concepto de riqueza que englobe la producción de la política como una respuesta autoorganizada para crear bienes materiales, servicios, solidaridades, afectos, cultura y proyección expansiva. Para responder, en suma, a aquello que deseamos que ocurra y que ha sido velado/manipulado por la lógica del Capital, en su propio beneficio.

La producción de la política implica, pues, un nuevo concepto de democracia, superador de sus categorías de representatividad y trascendencia, para ubicarse en el terreno de lo más próximo, en el espacio (incluyendo el virtual) y en el tiempo, para construir solidariamente desde las capacidades existentes –y siempre excedentes– que existen en cualquier comunidad. En buscar lo común, lo que nos une, al fin y al cabo, para construir juntos un futuro que, hasta ahora, nos han hurtado en la servidumbre a los Grandes Poderes Globales, desconocidos, ajenos, inidentificables, irresponsables (democráticamente hablando)... ¡y letales!

Para ilustrar modestamente algo de lo que quiero decir, voy a contar una pequeña anécdota, que, a mí mismo, me sorprendió. En un –hoy– pequeño pueblo de la Bureba burgalesa, gobernado desde hace pocos años por principios de autoorganización, en el que el programa electoral municipal se realiza en asamblea vecinal, se planteó hace algún tiempo la necesidad de introducir mejoras en las infraestructuras comunales, pero al Ayuntamiento le faltaba presupuesto. Sus habitantes, agricultores en su gran mayoría, trabajan los caminos de sus fincas, construyen y rehabilitan sus casas, arreglan sus accesos... y tienen mucho tiempo libre. Pero cuando les propuse que se organizaran para mejorar las infraestructuras sociales, comunitarias, de su pueblo, surgió la lógica del sistema: “¿Cómo vamos a trabajar para otros sin recibir un salario a cambio? ¡No es natural!” Y, ciertamente, estaban ligando la producción de riqueza comunitaria, social, al concepto de valor monetario, sin reparar, curiosamente, en que lo que no produjeran ellos directamente... ¡lo tendrían que pagar a otros con sus impuestos!

Nos queda pendiente, pues, una ingente labor de innovación social y política desde el ámbito de lo local, desde el reconocimiento de lo común, de lo que nos une, como base de un nuevo tipo de construcción de la comunidad.

 


Notas

[1] Para el lector interesado, desarrollo todos estos conceptos en mi último libro A. Vázquez “Estrategias de la imaginación” Gránica (2008)

[2] Sigo aquí parcialmente a Marazzi [http://multitudes.samizdat.net/Amortissement-du-corps-machine]

[3] Sigo parcialmente el análisis de M. Postone en “Contemporary Historical Transformations: Beyond Post-industrial and Neo-marxist Theories” en Current Perspectives in Social Theory vol.19 (1999). Las citas entrecomilladas pertenecen a este artículo, mientras no diga lo contrario.

[4] Deleuze y Guattari “El antiedipo”  Paidós (1998)

[5] Salvando sus consideraciones éticas, en las que no entro ni las comparo, el “valor” de una recalificación ilegal no se mide por ningún tiempo, como tampoco un golpe especulativo en Bolsa, o la contratación de un sicario para un ajuste de cuentas.

[6] Federico Mayor Zaragoza “Grandes crisis, grandes oportunidades” El País, 15/11/2008.

[7] M. Postone “Tiempo, trabajo y dominación social” Marcial Pons (2006). Las citas de Postone se refieren a los Grundisse de K. Marx.

[8] Sobre un interesante debate de estos temas, ver M. Darceles “Enraonant amb Marcos Arruda i Alfonso Vázquez: és posible un món millor?” Nexe  nº 20 (2007)

[9] G. Hamel “El futuro del management”  Paidós (2008)

[10] M. Lazzarato “Por una política menor” Traficantes de Sueños (2006)  A. Vázquez Op. cit.